La penumbra del restaurante se diluía en tu piel, tocaba con mi
alma cada línea de tu rostro, me perdía en tus ojos como deseando cincelarlos
en cada día de mi vida, no sabía qué decir, mis palabras se suspendían en los
pensamientos que retumbaban dentro de mis latidos… esa sensación de que mi
corazón parecía no caber en mi pecho. Tú también permanecías en silencio, nos
separaba la mesa y una vela, el frío de todos mis años se desvanecía en tus
manos que contemplaba con asombro y sin querer mis labios pronunciaron:
-- Perdone, puedo tocar sus manos.
Las tendiste abiertas, pude palpar tu lágrima aunque tu mirada
solo se llenaba de calidez. Qué tacto más suave, qué instante más intenso… no,
no quería que terminase nunca, la había ansiado siempre.
El mutismo nos seguía abrazando, no era tensión sino tanto que
de pronto no sabíamos cómo empezar. Rompimos en una sonrisa mutua que auguraba
las cadencias de nuestras voces, palabras que saboreaba con mis entrañas. Me
pediste que no te hablara de usted y quizás nunca sepas como mi ser te gritaba:
-- Mamá, por fin te conozco y te quiero, y te estrecho en mí como en las noches
cuando era pequeño y anhelaba, soñaba con lo que ahora vivo, junto a ti por
primera vez.
Inspirado en un amigo que después de treinta y cuatro años
conoció a la persona que le dio la vida, pero las circunstancias la obligaron a
dejarlo.
02/05/2012
Núm de Registro: 1205031574844
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