Las entrañas de la montaña crujían al fuego de la aldea,
la noche cantaba en la voz de rostros morenos que se alzaba sobre las estrellas
en la magia que abrazaba sus miradas vivas. Los árboles murmullaban un secreto,
sus hojas trémulas acallaban el cielo que en ellas se reflejaba al fulgor de la
luna llena… la unión de dos seres en la promesa de fertilidad que transcendería
el amor a la Naturaleza, la tradición de fundirse en sus leyes, en la caricia y
en la comunión de formar un solo universo.
El aire se llenaba de aromas… frutas, frijol, epazote,
aromas que llamaban los Dioses a la mesa, la delicia de las manos que
preparaban cada plato con la herencia de los siglos, con el calor del esfuerzo,
con la pureza de entregar el corazón y la sonrisa. Y cómo penetraba la
fragancia de las tortillas, hechas de esas pepitas de oro que depositaron en el
lecho de quienes unían su vida en un solo latido, las mismas que Quetzalcóatl
confió a su pueblo y que hoy siguen siendo la riqueza, el legado y la alegría.
El alba asomó su calidez desde el monte que cobijaba el
río, se bañó en él como de costumbre en sus tonalidades y de esperanza, cubrió
con su bendición la desnudez de un solo cuerpo que vagaba en las nubes del
sueño y se deslizó en el rocío que nutría las hojas del maíz para formar las
pepitas de alma.
Un pajarillo atrevido abrió sus alas a la
melodía de un nuevo día.
***
¡Que nadie robe ese patrimonio de México
del rostro moreno ni su derecho de elegir cómo vivir!
27/02/2012








