30 abr 2012

Pepitas del alma


Las entrañas de la montaña crujían al fuego de la aldea, la noche cantaba en la voz de rostros morenos que se alzaba sobre las estrellas en la magia que abrazaba sus miradas vivas. Los árboles murmullaban un secreto, sus hojas trémulas acallaban el cielo que en ellas se reflejaba al fulgor de la luna llena… la unión de dos seres en la promesa de fertilidad que transcendería el amor a la Naturaleza, la tradición de fundirse en sus leyes, en la caricia y en la comunión de formar un solo universo.




El aire se llenaba de aromas… frutas, frijol, epazote, aromas que llamaban los Dioses a la mesa, la delicia de las manos que preparaban cada plato con la herencia de los siglos, con el calor del esfuerzo, con la pureza de entregar el corazón y la sonrisa. Y cómo penetraba la fragancia de las tortillas, hechas de esas pepitas de oro que depositaron en el lecho de quienes unían su vida en un solo latido, las mismas que Quetzalcóatl confió a su pueblo y que hoy siguen siendo la riqueza, el legado y la alegría.

El alba asomó su calidez desde el monte que cobijaba el río, se bañó en él como de costumbre en sus tonalidades y de esperanza, cubrió con su bendición la desnudez de un solo cuerpo que vagaba en las nubes del sueño y se deslizó en el rocío que nutría las hojas del maíz para formar las pepitas de alma.

Un pajarillo atrevido abrió sus alas a la melodía de un nuevo día.

***

¡Que nadie robe ese patrimonio de México del rostro moreno ni su derecho de elegir cómo vivir!

27/02/2012




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